Crecer en tiempos de coronavirus. Crecer al fin y al cabo

OPINIÓN. Coronavirus, análisis de una pandemia sin precedentes por Celia Asencio Bonilla.

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Ilustración de Celia Asencio Bonilla

Hoy es un día gris y lluvioso. El tiempo lleva varios días así y desde mi ventana, a la que me asomo a cualquier hora para desahogar, pienso en estos tiempos extraños. Tiempo de confusión emocional, tiempo de una pandemia oscura. Lo cierto es que cada día de este confinamiento improvisado me afano en leer todo tipo de información para estar al tanto, para entender desde la raíz… ¡Cielos, qué complicado! Pienso en esa flor chuchurría del desierto, seca y sin agua, que con esfuerzo sobrevive a tempestades imposibles. Así es como nos veo, querides todes, creciendo en la nada, creciendo para poder ayudar a crecer (valga la redundancia) en un vacío existencial. En ese desierto metafórico.

Probablemente, esta visión poética sea la mejor explicación que haya dado sobre cómo siento el ahora. Nunca la había expresado así antes, claro que cuando escribo, o cuando escribimos, las emociones se desatan de otra forma.

Cuando me levanto y mi casa es mi trinchera

Mi casa es mi trinchera, mi muro, mi espacio, mi mundo, mi sosiego, mi paz… Mi normalidad perdida, mi pared de salvación. Mi silencio, mi quietud, mi todo…

Imagino que muches de ustedes estarán de acuerdo con mis palabras anteriores, que jamás vivimos nuestra casa como lo estamos haciendo ahora y que es un rincón emocional que nos empuja cada día, que nos levanta y nos acuesta para poder amanecer bien al día siguiente. Lo cierto, es que desde esta trinchera bendita, la que cada mes con esfuerzo me permito, pienso qué suerte la mía y la de poder contarlo. No dejo de pensar en todes aquelles que no tienen dónde ni cómo y que sin casa están sobreviviendo como pueden. Ahí está, ahí lo tenemos, una vez más, la desigualdad estructural. Vayamos paso a paso, si de algo quiero escribir en este artículo humilde es sobre las debilidades que hemos levantado tras la alfombra del neoliberalismo, nada nuevo, pero que esta crisis nos la evidencia aún más. Varios puntos, empecemos por el primero:

Personas

Uno de los puntos que más debemos pensar después de este coronavirus es que todes somos personas. Personas de un mundo controvertido, pero al fin y al cabo personas… Después de la crisis del 2008, diez años después, en 2018, Oxfam Intermón lanzó una investigación en la que afirmaba que el uno por cierto de la población acaparó la riqueza del 82% del planeta. Unas cifras que nos conmovió a muches y que sólo ponía a título a un panorama que ya veníamos advirtiendo. La desigualdad estructural se había desatado, más que nunca en el último siglo y que desde el populismo, desde la política, poco se venía haciendo cuando más lo necesitábamos. Seguíamos a la nuestra: sin hablar sobre qué paquete de medidas íbamos a hacer a partir de ahora para que el embudo fuera más ancho para todes, no más estrecho. Sin embargo, lejos de esta previsión, se hizo política con la riqueza de todes, saltaron las alarmas para aquelles les que pensábamos que había otra forma de gestionar. Un espacio que sólo representaban partidos de izquierdas a la que la máquina mediática desprestigiaba cada día. Siempre digo una cosa: la pluralidad ante todo, pero con elegancia. Y en este país ha habido muy poca, desde luego. Mucho bulo, poca información contrastada, ¿o aún tengo que recordar los informes falsos que el ex Ministerio del Interior aprobó para derribar a Podemos? Muy grave, para nuestra democracia sobre todo, pero ya no hablamos de eso.

Volviendo al tema, volviendo a que después de que la derecha usara el dinero público para corromper y delinquir en forma de mafia institucional los últimos diez años, porque eso fue lo que pasó, me pregunto qué clase de país queremos construir a partir de ahora. Está claro que no sólo han sido estos últimos diez años, que en los veintimuchos que el PSOE estuvo en el Gobierno se privatizaron empresas fundamentales y no se tejieron las redes suficientes para construir industrias y una red laboral importante en todo el país, repito, en TODO el país. Muchas comunidades siguen abandonadas a la suerte del turismo… ¿Y ahora qué? No. Ni PP, ni PSOE después de que España viniera de ser oscura, franquista y pobre. No.

Somos animales que hemos conseguido modificar los recursos naturales a nuestro antojo, dentro del opresor- oprimido, con mucha fuerza y con mucha globalización en los últimos años. Porque el mercado ha sido y es dueño de todo, dueño de las decisiones políticas, lo hemos visto en las anteriores crisis

Así que, quizás, ya es hora de pensar en las personas, en las personas de verdad. En reforzar el sistema sanitario, en reforzar el tejido industrial, laboral, diversificar campos, invertir en investigación, crear nuevos puestos de trabajo que estén acordes con esta crisis ecológica, no basarnos como modelo de país en un turismo agresivo que viene y va… Pensemos en qué transición nos queremos situar, exigir lo que debimos seguir exigiendo tras el 15-M. Reforzar Europa con una perspectiva diferente y cambiar de tercio en lo que sembramos, pensar en las personas de abajo hacia arriba, en todas, en las que acuden a nosotres para que las ayudemos, y no abandonarlas a su suerte en campos de refugiados donde no hay nada. Sólo espera y cansancio.

Florecer, siempre se florece.

Sistema

Flor. Ahora somos una flor sin agua, pero que puede sobrevivir para transformarse en un ser mucho más fuerte. Un ser en sintonía con su medio natural.

El sistema ha fallado, una vez más.  El sistema global, sí, con su esquema opresor – oprimido ha llegado a esto. Este esquema básico, en el que aún no sabemos si es condición humana o si de lo contrario es lo único que hemos vivido y sabemos hacer, que se ha perpetuado por los siglos de los siglos. Aún el ser humano no ha alcanzado a resolver el gran misterio de su existencia: cómo destruir la desigualdad estructural que en el último siglo, aunque más avanzados y modernos, aunque con más derechos humanos por delante y más tecnología, ha aumentado. Tampoco hemos comprendido la vital necesidad e inmediata de re-adaptarnos a nuestro medio, y no que sea él quien lo haga.

Es una urgencia y el coronavirus lo ha puesto de relieve. Somos animales que hemos conseguido modificar los recursos naturales a nuestro antojo, dentro del opresor- oprimido, con mucha fuerza y con mucha globalización en los últimos años. Porque el mercado ha sido y es dueño de todo, dueño de las decisiones políticas, lo hemos visto en las anteriores crisis, se cayó Wall Street, se cayó Occidente. Una caída para las clases trabajadoras, para las clases que levantan cada día con su sudor el devenir de un país. ¡Ay, patriotas…! Si de patriotismo estamos servidos, lo que hace falta es acción. La economía es un motor complejísimo que ahora no vamos a poder cambiar de golpe, pero sí que urge comenzar a andar sobre este camino de piedras. Piedra a piedra, quitándola y plantando una flor. Tomen la metáfora como quieran.

La cuestión es que después de la tormenta viene la calma. Y el coronavirus tiene que hacernos pensar. Según el último informe del Fondo Mundial para la Naturaleza las poblaciones vertebradas han disminuido un 60% en el último siglo. Con ellos, un cambio radical de nuestro medio, mucho más sensible a infecciones desconocidas y a la desaparición del equilibrio del ecosistema tal y como lo conocíamos. Y así también lo dijo la OMS, que en el 2018 dentro de su lista negra de patógenos infecciosos graves incluyó el síndrome MERS-Cov, causado por un coronavirus. Sí. Ahí lo tenemos. Ni marcianos, ni chinos en laboratorios ni conspiraciones del mal. Nuestra propia naturaleza desprotegida.

Y nosotres, también somos naturaleza.

No somos inmortales, y una sociedad necesita una estructura fuerte de su administración pública

Ahora, nos las vemos y deseamos. No tenemos material, no tenemos esa sanidad que creíamos tener. Hemos hecho negocios con la necesidad, y es una evidencia. Hemos ido recortando poco a poco en estos años, invertimos, por ejemplo, ya que a la gente le gusta tanto compararse con Alemania, la mitad por habitante en sanidad pública. Hemos recortados, querides todes, en lo que no se tenía que recortar, y no sólo fue por la dureza del gobierno anterior, también por una Europa neoliberal que apretaba fuerte y un mundo globalizado y liberalizado, en guerra con la vida, que nos pisaba y azotaba con agresividad. Pero nos hablaba en clave de productividad y eficiencia.

Somos mortales y la mortalidad proviene de nuestra naturaleza. Ir en contra de todo medio que nos rodea es una muerte anunciada. Y esa crónica la estamos viviendo ahora. Así que, propongo que plantemos en mitad de ese desierto del que hablaba antes, una flor por cada une de nosotres. Una flor de cualquier color, que huela fuerte y que nos guíe el camino.

Las comunidades autónomas tienen la competencia en sanidad, las mismas que debían de haber invertido en estos años lo necesario para construir una administración fuerte. Si los deberes no están hechos, entonces, hacer la oposición que se está haciendo sencillamente, como dije antes, carece de mucha elegancia política

Estamos viendo que, además de tener que comenzar a construir naciones menos globalizadas en materia económica, más humanas y menos artificiales, que respeten el medio natural y a nuestres compañeres los animales (cuerpo del mismo cuerpo), necesitamos Estados fuertes. No en control, no en restricciones de libertad, sino en materia pública. Hemos visto que la sanidad es primordial para afrontar futuras crisis y para seguir viviendo. Hemos hecho negocio de lo prohibido y ahora nos quejamos.

La comunidad de Madrid es una de ellas. En los últimos años ha sido de las comunidades que más ha recortado en comparación con muchas otras, de hecho, es la segunda que menos invierte por habitante en sanidad, porque se ha favorecido el crecimiento de la privada y, por tanto, también la desigualdad. No sólo de esta forma, también premiando a los más privilegiados, convirtiéndose en paraíso fiscal por excelencia, resultase entonces que no hay impuestos suficientes para poder pagar unos servicios de calidad y ahora Ayuso pide propinas…

No es el momento más adecuado de utilizarlo como enfrentamiento. Sólo quiero que pensemos. Las comunidades autónomas tienen la competencia en sanidad, las mismas que debían de haber invertido en estos años lo necesario para construir una administración fuerte. Si los deberes no están hechos, entonces, hacer la oposición que se está haciendo sencillamente, como dije antes, carece de mucha elegancia política y de escrúpulos. Porque hay que tenerlos, evidentemente.

Otro de los temas estrellas es el material. Como dije antes, el sistema aquí vemos que falla más que nunca, el hecho de depender tanto de otros mercados internacionales, en especial, de China y en Europa de Alemania y Francia, sólo hace que seamos poco auto-suficientes. Una China que dejó de vender para aprovisionarse y que, por tanto, todos los demás se vieron en la necesidad de competir en un mercado bloqueado, caro y lento. Dejo aquí un artículo muy bueno de La Vanguardia para los más curiosos: pincha.

¿Dónde están las feminazis? Dejemos la demagogia, analicemos la realidad.

Quisiera terminar diciendo que, para culminar la plantación de este desierto, la última flor, ese aliento de esperanza es el ecofeminismo.

Quiero recordar que dentro del esquema opresor- oprimido, las mujeres, una vez más, siguen siendo el último eslabón de la cadena, que la violencia no entiende de confinamiento, que continúan muriendo mujeres. Un incremento en las últimas horas, en las últimas semanas ponen de manifiesto los agujeros rotos de una tela a la que le quedaba todavía mucho por coser.

El coronavirus ha manifestado, una vez más, que los cuidados son el centro de la vida, y que no podemos seguir permitiendo que sean los menos valorados y pagados, los más desiguales y además feminizados ya que son las mujeres quienes los desempeñan.

Por tanto, hago un llamamiento, un llamamiento a que estudiemos qué es el ecofeminismo, porque está conectado con todo lo anterior, con todas las alas de la vida, con todo cambio de progreso, con esa flor que crece en un mundo hostil pero que puede transformar su entorno. Está conectado con una sociedad desde abajo hacia arriba, que se conecta de nuevo con su entorno, que se retroalimenta y se ensancha.

Somos flor, somos animal, somos agua y energía. Y si aún no hemos entendido que nos necesitamos, todes, por igual, mujer, hombre, planta, animal, para encontrar ese equilibrio, superar crisis pandémicas, escenarios difíciles del nuevo siglo XXI, es que aún no hemos entendido nada.

Autora e ilustradora: Celia Asencio Bonilla, podrás ver mi perfil en ¿por qué La Desmadrá?

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