Coronavirus. Crónica de una desigualdad anunciada

RELATOS DE UNA TRANSEÚNTE. Crónicas literarias por Celia Asencio Bonilla.

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Ilustración de Carmen Martínez Tortosa

Los días sucedían sin ton ni son. Que si la colada, que si la comida, que si la cena… Que si el aburrimiento en horas que une no sabe si contar las gotitas del gotelé o los árboles que se ven desde la ventana… Todo parecía completamente fuera de control. Me acordé de que eran las nueve y que los telediarios estarían ya a punto de darnos parte de esta pandemia sin sentido.  “Buenas noches, son las nueve, las ocho en Canarias y hoy España vive cien muertos más por el Coronavirus. El Gobierno ya ha desplegado un paquete de medidas y…”, la presentadora comenzaba a dar parte con cara impasible. ¡Qué horror!, pensé. Esto era la crónica de una desigualdad anunciada, un desastre económico sin precedentes. Ya se sabía que andábamos a las puertas de una recesión, pero esto iba a ser la situación perfecta para justificar prácticas que ya veníamos viviendo desde la anterior crisis, y peor.

Sin ir más lejos, ya lo dijo Oxfam en su informe del 2018, el uno por cierto más rico había acaparado el ochenta y dos por ciento de la riqueza mundial. Incluso el despliegue de datos e información recogidos añadía que entre el 2017 y 2018 se batió récord histórico en el número de personas que superaban una fortuna valorada en mil millones de euros. Con estos datos encima de la mesa, yo me preguntaba, ¿qué pasaría ahora que el país entero se había paralizado? Me daba por pensar en conspiratorias varias, golpe de estado mundial, situación de zombis envenenados… Pero, curiosamente, lo primero que se me venía a la cabeza era que íbamos a ser, una vez más, las personas más vulnerables las que íbamos a soportar sobre nuestros hombros el peso de una economía marchita. No quería ponerme melodramática, perdónenme ustedes, pero sí descriptiva de la realidad que me acompañaba. Soy joven, precaria y mujer. Aunque eso sí, afortunada en muchos sentidos y no perteneciente a colectivos mucho más vulnerables. Me acordé entonces de las Kellys, de las prostitutas, de las cuidadoras, de las personas sin hogar… ¿Qué pasaría entonces?

Seguí barriendo el suelo de casa para despejar dudas. Me asomé otra vez a la ventana, el cielo lindo se caía encima de nosotres, encima de nuestros tejados, de nuestras casas o de nuestros pequeñitos pisos. El centro guardaba silencio, el bullicio que normalmente se escuchaba de fondo, del mercado, de las avenidas y de los comercios había desaparecido. La Tierra respiraba mientras los humanos nos hacinábamos para superar una pandemia que había colonizado nuestros hospitales.

Médicos y médicas, enfermeros y enfermeras, auxiliares y todo tipo de personal luchando a pie de combate. Que nos cuenten después los que se empeñaron hace años en la privatización de una sanidad pública universal que ya funcionaba como de las mejores. Eso sí que es hipocresía y lo demás no tiene nombre.

Debemos levantarnos y hacer un frente común, luchar por lo que ya perdimos en el 2008, gritar para que nadie ni nada nos vuelva a arrebatar las oportunidades, las oportunidades de una vida digna. La fuerza hace la unión, no sólo en combatir el virus, también en no consentir que nunca más puedan despedazarnos como ya lo hicieron

Quería reventar en llanto, o sencillamente pegarle una patada a algo que pudiera romper con fuerza en ese momento, pero, ¿de qué servía? Se me ocurrió seguir escribiendo y dibujando, leyendo y maquinando ideas, hacer florecer estos ratos para poder ayudar a través del verso y del sosiego. Necesitábamos paz, la guerra estaba en todos los lados.  También se me ocurrió seguir estudiando cine como espectadora, hacer listas de directoras de cine que no se conocían, profundizar en películas atrasadas que por falta de tiempo no había podido ver, en documentales relajantes también. Había una batería de cosas que podía hacer en casa, estaba claro. Y volví al pensamiento crítico, como si no me quisiera abandonar ni incluso en momentos en los que tenía mil otras decisiones en las que pensar y tomar… ¿Y quiénes no tengan ni ordenador, ni tele, ni siquiera un espacio propio? ¿Y para los que compartan piso porque no les llegue el sueldo? ¿Y para los que no les llegue el dinero para comprar más de lo habitual? Está claro, vuelvo a repetir, esto es la crónica de una desigualdad anunciada. Y para ello la cooperación  social es y va a ser el arma fundamental, la herramienta clave.

Entró, de repente, un olor azahar y me trasladó al río. Al agua calmada, a la gente distraída mientras tomaba el sol, a los insectos revoloteando, a las flores grandotas y coloridas, a la cerveza fría y a los conciertos de primavera. A los detalles simples que nos hacen feliz, al amor conjunto y a la amistad, a ese lado de esta especie de ser vivo, es decir, nosotres, que nos llenamos de ideas bonitas para hacernos crecer, que el bien debe superar siempre al mal, cueste lo que nos cueste.

España y el mundo iban a ser víctimas de una caída galopante. De una caída sin precedentes, de una caída para los más desfavorecidos. No quiero llenar esta crónica de datos insulsos. Pero debemos levantarnos y hacer un frente común, luchar por lo que ya perdimos en el 2008, gritar para que nadie ni nada nos vuelva a arrebatar las oportunidades, las oportunidades de una vida digna. La fuerza hace la unión, no sólo en combatir el virus, también en no consentir que nunca más puedan despedazarnos como ya lo hicieron; cómo el capitalismo, o en su peor versión, el neoliberalismo está dispuesto hacer en cada circunstancia de esta vida moderna. El canto de nuestras voces debe retumbar fuerte en los muros que nos sustentan,  agarrar nuestras manos con fuerza y alzarlas hacia arriba para seguir luchando, compañeres.

No sólo por el virus, sino por nuestros derechos y por nuestro ecosistema.

Autora: Celia Asencio Bonilla, podrás ver mi perfil en ¿por qué La Desmadrá?

Iustradora: Más artículos de Carmen Martínez TortosaIMG-20191102-WA0034

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