Sosiego

RELATOS DE UNA TRANSEÚNTE. Sección de crónicas literarias por Celia Asencio Bonilla.

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Ilustración de Carmen Martínez Tortosa

La luz era tenue, no demasiada. La gente caminaba rápido, me daba la sensación de que había personas perdidas en el espacio tiempo, anhelando cosas imposibles o conformándose con cualquier escaparate material. Quizás era mi ensoñación constante de adivinar quién era quién, cosa habitual en mí cuando paseo por las extensas calles de una Sevilla cada vez más grande y turística. Aquella tarde, había decidido andar sin más, pasear y pasear, miraba el reloj una y otra vez y me preguntaba si algo curioso, fantasioso o, simplemente, sencillo iba a pasarme por esperar a la nada. Por, sencillamente, esperar.

Caí de pronto en la cuenta de que la vida no siempre depara algo, que lo más esperable de todo era poder respirar, sentir y vibrar con la luz del día, o con la oscuridad de la noche. Me sentí pletórica en aquel pensamiento, llena en mí de gozo, porque estaba allí. Parada. Y eso era una suerte inmensa. Mis pasitos eran pequeños, no me convenía la rapidez, sino la observación, el momento. Las noticias, la inmediatez digital, la tecnología del siglo XXI, el aquí y el ahora, la obsolescencia programada… Un largo etcétera se me repetía como a quién se le repite el ajo, y ante este sentir, la cura más efectiva era darle paciencia al espíritu. Aquel que dejamos de sentir cuando la calma desaparece de nuestra órbita.

Aquel día, el centro estaba lleno de vida, de música y esplendor. Me dio entonces por quedarme a ver el espectáculo de una joven artista bailarina. ¡Qué valiente!, pensé. Sí. Cualquiera no se expone así como así. Dio un espectáculo bello, sincero y sentí de pronto su energía libre. Ella era porque había decidido ser sin excepción de nada. Giré mi cabeza para observar el escenario, los árboles, la gente, los edificios, la plazoleta… Y, ¡allí estaban! ¡Esa gente! Un grupo de personas, no más de cincuenta afortunadamente, se habían detenido enfrente del ayuntamiento para pedir por la NO igualdad de género. Me preguntaba que clase de ser humano a estas alturas no entendía la lucha por un mundo más equitativo y mejor, igualitario en todas sus formas. En ese momento, me hastié en cuestiones de segundo, me hastié de la vida y de lo que conlleva una conciencia determinada. Pero luego pensé en la historia. Y me dije: ¡qué injusto! ¡Tú sigue con la mente fresca!

Sin embargo, una voz irrumpió en mi mente y rompió mi enfado en dos. Miré hacia hacia el lado y allí estaba, una chica de unos veinte años, jovial, danzando sobre un círculo menor de un metro, giraba y giraba y agarraba de vez en cuando su bolso de rayas para que no se resbalara. Su cara era el despojo de toda condición, pues no se sabía muy bien si hombre o mujer, mujer u hombre. Eso daba igual, estaba claro. Pongo el acento ya que me despertó una curiosidad hermosa, su ilusión se me transmitió fugazmente. Parecía que nada le importaba, ni las miradas de muchos de los presentes, ni el no darse a identificar en una sociedad llena de prejuicios y estereotipada. Marcada profundamente por los roles. Sentí sosiego. El sosiego de que las cosas bellas, íntimas, que se comparten en mitad de una calle cualquiera cambian sentires, cambian de menos a más. Y provocan sonrisas.

Si bien aquellas pancartas frente al ayuntamiento me habían provocado lo contrario, comprendí que la ternura de las almas solitarias y valientes siempre vencían al miedo y al egoísmo. Vencían y vencen a tinieblas en la noche, porque lo bueno dura siempre, aunque tarde en florecer.

Seguí caminando.

El reloj marcaba los segundos vívidos de una tarde de invierno.

 

Autora: Celia Asencio Bonilla, podrás ver mi perfil en ¿por qué La Desmadrá?

Iustradora: Más artículos de Carmen Martínez TortosaIMG-20191102-WA0034

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