¿Qué es ser hombre? ¿Y ser mujer?

OPINIÓN. Carmen Salud López nos habla de lo que significó aquel lema “muerte al macho” y de la polémica que suscitó, de lo que significa ser hombre y ser mujer bajo los roles sociales. 

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Ilustración de Carmen Martínez Tortosa

Hace unos meses se iniciaba una polémica en las redes sociales suscitada por aquellos grupos poco informados que declaran la guerra al feminismo con demasiada frecuencia últimamente.

La polémica había surgido a raíz de una expresión que habían divulgado algunas páginas feministas por Facebook: “MUERTE AL MACHO”. Según estos grupos de ofendidos y ofendidas, las feminazis estamos insinuando la necesidad de supremacía de la mujer sobre el sexo opuesto.

Supongo que su escaso (me arriesgaría a decir ausente) bagaje sobre género no les deja ver que, metafóricamente, esta expresión se refiere a destruir el esquema establecido de cómo debe ser un hombre y como debe comportarse; esquema que a ellos les exige ser el macho alfa de la manada y a nosotras nos sitúa en la búsqueda eterna de uno de estos dichosos machos alfa para que nos haga sentir cual princesa Disney por siempre y para siempre. Y como el amor es eterno, debemos soportarlo todo.

Si estos ilustrados e ilustradas del siglo XXI no son capaces de diferenciar macho de hombre, mucho menos son capaces de considerar que este esquema de roles aflora bajo la protección del sistema patriarcal y que oprime tanto a las mujeres como a aquellos hombres que no se identifican con él. Además de excluir a quienes no se identifican dentro del binomio hombre-mujer.

Muerte al macho, sí, pero muerte a esa única manera establecida y posible de ser hombre en nuestra sociedad. Se traduce como muerte al fin de ese privilegio, del poder, de esa supremacía que se les da a los varones por el hecho de nacer con un pene. Y las feministas queremos la muerte al macho porque este esquema de roles perpetúa una relación desigual en la que nosotras siempre salimos perjudicadas, y en el peor de los casos, asesinadas.

Muerte al macho, sí, pero muerte a esa única manera establecida y posible de ser hombre en nuestra sociedad. Se traduce como muerte al fin de ese privilegio, del poder, de esa supremacía que se les da a los varones por el hecho de nacer con un pene.

A estos grupos de ofendidos y ofendidas con complejo de neandertales les es difícil comprender que “muerte al macho” no es equitativo de muerte al hombre. No imagino ni de lejos que sean capaces de comprender la existencia de más de una forma de ser hombre.

Ser un hombre no puede limitarse a una única definición, pues no existe una sola forma de serlo, aunque la sociedad quiera hacernos ver únicamente la masculinidad dominante.

No existe solo un patrón de masculinidad. Esto es una realidad y hasta ahí todo bien. El problema es que existe una gran mayoría de personas que son incapaces de considerarlo; en primer lugar, probablemente porque no sepan ni el significado de masculinidad; y en segundo lugar, porque llevan un mono con platillos nublándoles las sienes (en ocasiones este mono tiene cara de Abascal).  Aunque con la afirmación de lo primero, lo segundo es una obviedad.

Esto no es una cuestión de inteligencia, sino una cuestión educativa. No es culpa de la sociedad que el sistema educativo sea un fraude a la misma educación y al aprendizaje. Una educación estancada en análisis morfológicos y que mide el conocimiento basándose en un valor numérico no puede dar otros resultados ni ser aliada del progreso. Este tipo de educación olvida mostrarle al alumnado que vivimos en un sistema patriarcal. ¿Qué clase de sistema educativo olvida la realidad en la que se sustenta?

El hecho de ignorar la existencia de diferentes masculinidades solo perpetúa una única forma de ser hombre y una única forma de ser mujer. ¡Cómo pensar que cabe otra categoría distinta a estas dos! ¡Por favor, que aberración!

La masculinidad establecida y normalizada en la sociedad incluye ciertos elementos considerados indispensables para ser un hombre. ¡Ojo! ¡Para ser un hombre! Pues si una mujer actúa bajo los patrones de la masculinidad establecida está lejos de ser mujer. En nuestra sociedad una mujer masculina pasa de ser mujer a ser ese palabro peyorativo que le encanta a la comunidad neandertal: “marimacho”.

La estructura desigual en la que se establece el binomio hombre-mujer, estando sometida la mujer al poder del hombre, hace que este se vea en la responsabilidad de cumplir esa parte de su rol, teniendo la obligación  de ejercer su poder y hacer visible su masculinidad

La sociedad exige a los hombres que  actúen “como hombres” excluyendo todos aquellos comportamientos, roles o acciones que no se ajusten al esquema establecido y excluyendo de esos patrones a toda persona andante carente de pene. De ahí que presumir del tamaño del miembro viril sea la mejor estupidez para alimentar el ego del macho alfa.

Vamos, que ser más o menos hombre se define en función de cuanto más te acercas al patrón de masculinidad consolidado.

Digamos que hablamos de la cara más amable del patriarcado (por llamarla de alguna manera). La estructura desigual en la que se establece el binomio hombre-mujer, estando sometida la mujer al poder del hombre, hace que este se vea en la responsabilidad de cumplir esa parte de su rol, teniendo la obligación  de ejercer su poder y hacer visible su masculinidad.

Además,  ¡tampoco se está tan mal siendo el privilegiado! Quizá este privilegio innato paralelo a la lacra del sistema educativo sea la fusión perfecta para que los de las competiciones de miembro viril hagan oídos sordos ante las violencias machistas. En fin, si no las sufren, tampoco las ven.

Según un texto de un gran hombre y profesor, José María Valcuende y Juan López  Hombres y masculinidad ¿un cambio de modelo? (2015), “lo que se entiende por masculinidad es cambiante y normalmente se construye en oposición a grupos minorizados”. No es de extrañar que frente a la masculinidad hegemónica en una sociedad PATRIARCAL y ANDROCENTRISTA cualquier grupo opuesto al dominante masculino no pueda considerarse sino minorizado.

No es un hecho casual que siempre hayamos escuchado eso de eres una nenaza o eres un marica como insultos hirientes hacia algún hombre que no se ha comportado con suficiente virilidad ante su grupos de amigos machirulos. Las connotaciones despectivas con las que se establecen este tipo de insultos, refuerzan el hecho de que ser nenaza o marica, (referido a ser una mujer o ser homosexual) signifique estar por debajo o ser inferior con respecto a la masculinidad dominante, es decir, lo que se ha de ser.

Por su parte, el hecho de que los hombres deban asumir y aceptar la masculinidad hegemónica los priva de otros aspectos que se salgan de la normativa social. Sin ir muy lejos, todas aquellas actitudes o formas que los esquemas de género reservan para las mujeres.

No hay nada que haga tambalear con más fuerza los cimientos de la masculinidad establecida que el hecho de que los varones asuman funciones que la sociedad ha reservado durante siglos para la mujer (ya sabéis…ese ser inferior por naturaleza…). La más vil traición para la virilidad y para el macho alfa es asumir que los hombres incorporen algún comportamiento considerado como femenino.

El dominio de la masculinidad en nuestra sociedad es transversal  a todos los ámbitos de la vida de las personas.

La sociedad no es capaz de ver que categorizar en masculino y femenino es totalmente constructivista y cultural. Por tanto, que las mujeres jueguen al fútbol, considerando el ejemplo, no supone que sean masculinas por hacerlo, simplemente son jugadoras de fútbol, pues el deporte no nace con género

Así, influye en que haya sectores masculinizados y sectores feminizados, siendo los primeros los más valorados. Un ejemplo evidente es el fútbol (el deporte en general) que sigue siendo actualmente un sector muy masculinizado. Aunque hay muchas jugadoras en distintos niveles, aun se sigue considerando un espacio reservado para los varones. Esto se interioriza de tal forma que cuando las mujeres forman parte de un equipo de fútbol se consideran y se perciben “masculinas”, ”lesbianas” y “marimachos”.

La sociedad no es capaz de ver que categorizar en masculino y femenino es totalmente constructivista y cultural. Por tanto, que las mujeres jueguen al fútbol, considerando el ejemplo, no supone que sean masculinas por hacerlo, simplemente son jugadoras de fútbol, pues el deporte no nace con género.  Al igual que ser lesbiana no está ligado a los roles ni estereotipos de género.

Igual que en el ejemplo anterior, sucede a la inversa; la masculinidad dominante de nuestra sociedad no tolera que los varones formen parte de los sectores más feminizados, pues no acepta que un hombre sea lo suficientemente “femenino”, como para apuntarse a un curso de costura, sin ser considerado homosexual.

Está claro que el problema no radica en el hecho de que haya categorías de  género para definir determinados comportamientos o determinadas actitudes, sino el hecho de que estás categorías (masculino y femenino) se agarren con fuerza a la idea de que cada una pertenece a un sexo determinado.

Pues esta idea no solo somete a hombres y mujeres a estar sujetos a unos determinados roles y formas de actuar, sino también a quienes no se identifican con el binomio hombre-mujer.

La concepción de las nuevas masculinidades abre la puerta para que la lucha por la igualdad vaya a la raíz, poniendo el foco en donde se generan las desigualdades. Pues concebir la existencia de otro tipo de masculinidades es el primer paso para romper con la supremacía de la masculinidad hegemónica, avanzando un poco más en igualdad.

De la mano de nuestro feminismo, la reivindicación de la visibilidad de otras masculinidades es y debe ser una estrategia distinta en la lucha de todes por “matar al macho”.

Para ser hombre solo hace falta querer identificarse con  serlo.

Piénsalo, ¿qué es un hombre?

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Ilustradora: Carmen Martínez Tortosa IMG-20191102-WA0034

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