AL FONDO A LA IZQUIERDA. María Zambrano, entre la “razón cívica” y la “razón poética”

Sección del poeta jerezano Julio Asencio Márquez.

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María Zambrano en su plenitud. Fundación María Zambrano

[Dada su extensión, este artículo se publica en dos partes. La primera, en este Nº 2 de la revista. La segunda parte aparecerá en el Nº 3.]

           I

          La “razón cívica”

Acaban de cumplirse treinta cinco años del regreso a España de María Zambrano Alarcón (Vélez-Málaga, 22 de abril de 1904 – Madrid, 6 de febrero de 1991), que acaeció el 20 de noviembre de 1984, recién cumplidos los ochenta de edad, al cabo de casi medio siglo de vivir exiliada en distintos países desde el fin de la guerra civil. Demasiado tiempo lejos de su tierra, de la madre patria… Tanto que el diario El País tituló la noticia del feliz acontecimiento con esta frase terminante: “Con el retorno a España de la escritora María Zambrano finaliza el exilio español de 1939”.

Una fecha de infame efeméride la del 20 de noviembre a la que el aclamado regreso de la filósofa-poeta malagueña confirió un significado simbólico diametralmente opuesto a tan solo nueve años de la muerte del dictador. Por fin, volvía a casa una de las figuras intelectuales más insignes de aquella brillante generación de la República denominada posterior y comúnmente “del 27” que aglutinó a algunos de los hombres y mujeres mejores de su época en los ámbitos de la literatura, el arte y el pensamiento. En un corto periodo de tiempo, María Zambrano recibió los galardones más prestigiosos que se conceden en España: el Premio Príncipe de Asturias en 1981, tres años antes de su vuelta, y ante todo el Premio Cervantes en 1988, primera mujer a la que se le otorgaba.

Poco después de los “veinticinco años de paz”, falaz lema propagandístico de la dictadura en 1964, aún en el exilio María Zambrano y su obra empezaron a ser rescatadas y valoradas a raíz de la publicación en 1966 de dos destacados artículos: uno, de José Ángel Valente, “María Zambrano y el sueño creador”, que apareció en la revista Ínsula; y otro, de José Luis López Aranguren, “Los sueños de María Zambrano”, en la Revista de Occidente (fundada en 1923 por José Ortega y Gasset, maestro y mentor de María Zambrano). Fue en un momento de cierta apertura del régimen franquista que permitió la recuperación, siquiera tangencialmente, de una parte de los poetas y escritores hasta entonces prohibidos por su filiación republicana, como era el caso de la pensadora malagueña.

A este respecto, en su formación fue determinante la personalidad de su padre, Blas Zambrano, maestro de profesión ligado al movimiento pedagógico del grupo Escuela Nueva y convencido republicano en los tiempos de la Restauración. En 1900, a la edad de 26 años, destinado en Granada, fundó la asociación obrera “La obra” y, vinculado a esta, el periódico “X” que le servía de expresión, con la finalidad de dar voz a las demandas materiales, educativas y culturales de la clase obrera granadina. Paralelamente, Blas Zambrano desarrolló una intensa labor como conferenciante y como articulista, fundamentalmente en el diario El Heraldo granadino, donde dejó buena muestra de su ideología socialista rayana con el anarquismo, según se trasluce en esta declaración de principios: “enemigo continúo siendo de la teocracia, del capitalismo, del militarismo, de la monarquía, de todas las mentiras convencionales que traen maltrecha, desnaturalizada, corrompida a la pobre humanidad” [16 de mayo de 1900]. En Granada conoció a la que sería su esposa, Araceli Alarcón, también maestra; en 1901 los dos obtuvieron plaza por oposición en Vélez-Málaga, allí se casaron y tres años más tarde nació María, la primera de sus dos hijas. En 1909, tras un breve periodo en Madrid, la familia se trasladó a Segovia, donde don Blas mantuvo una prolífica actividad pedagógica, cultural y política, desde sus artículos y conferencias de tema educativo y social hasta su militancia en la Agrupación Socialista, pasando por su participación en 1919 en la creación de la Universidad Popular, además de su vicepresidencia de la delegación segoviana de la Liga de los Derechos del Hombre que presidió su colega y vecino don Antonio Machado, con quien mantuvo una estrecha y perdurable amistad hasta su muerte. Ambos compartieron unos ideales de progreso para España que guiaron sus vidas.

Siguiendo la prolongada estela de su padre, María mostró muy pronto su conciencia política progresista en su oposición a la caduca monarquía. Eran los años previos a su entrada en la Universidad Central de Madrid, donde se estableció su familia en 1926 tras diecisiete años de estancia en Segovia

Siguiendo la prolongada estela de su padre, María mostró muy pronto su conciencia política progresista en su oposición a la caduca monarquía. Eran los años previos a su entrada en la Universidad Central de Madrid, donde se estableció su familia en 1926 tras diecisiete años de estancia en Segovia. En la universidad madrileña, Zambrano acabó sus estudios de Filosofía, que hasta entonces había cursado por libre, y al año siguiente, en 1927, se matriculó en los cursos de doctorado de Ortega y Gasset, quien, a tenor del precoz y admirable talento de su alumna malagueña, no tardó en estimarla como su discípula más aventajada, un mérito enorme siendo mujer en aquel ambiente tan patriarcal como machista. En esos años finales de la década, participó activamente en las continuas movilizaciones de rechazo de la dictadura de Miguel Primo de Rivera como afiliada de la Federación Universitaria Escolar (FUE), poderosa organización estudiantil que fue decisiva -junto a otros sectores influyentes del país- en el agravamiento de la crisis del régimen en 1929, hasta la definitiva defenestración del general jerezano, que presentó su dimisión al rey el 28 de enero de 1930.

Concluida la carrera universitaria, durante un breve periodo ejerció de profesora en el Instituto-Escuela, un centro educativo experimental inspirado en las nuevas corrientes pedagógicas que seguían el camino abierto por la Institución Libre de Enseñanza. A la par, Zambrano amplió sus quehaceres estrenándose como articulista en periódicos significados como El liberal y La libertad, siempre con el pensamiento puesto en el advenimiento de la II República, proclamada por fin el 14 de abril de 1931. Aquel día, María y su hermana Araceli se hicieron unos improvisados vestidos con banderas republicanas y luego se encaminaron a la Puerta del Sol para celebrarlo fervorosamente junto a tantísimos otros compatriotas, una fecha histórica que ella recordaba con esta imagen: “Alta, alta ondeaba la bandera republicana, ahora ya del todo desplegada… Eran las seis y veinte de la tarde” [Delirio y destino].

Antes, en 1930, María Zambrano había publicado su primer libro, Horizonte del liberalismo, libro que encabeza con esta dedicatoria a don Blas: “A mi padre, porque me enseñó a mirar”. En palabras de José Calvo González, en esta obra Zambrano trata “de reinventar el liberalismo, presentándolo a modo de una cuarta vía de sistema político superadora por igual tanto del liberalismo caduco, ya sin horizonte, como de las tentaciones totalitarias, procedieran de la experiencia comunista o del experimento fascista, y en fin conducente a una vía terciaria de acción revolucionaria que no siguiera ni el camino de la francesa ni de la rusa, sino que recorriera uno inaugural, el de la revolución de la igualdad económica y la libertad de cultura [Sobre “Horizonte del liberalismo” o María Zambrano en claroscuro]. Dicho posicionamiento ideológico la acercó al socialismo, primeramente como simpatizante de la Coalición Republicana y más tarde del PSOE, a tal punto que se le ofreció un puesto en las listas del partido para que se presentara como diputada, pero declinó la invitación porque no se veía sentada en un escaño en las Cortes.

En su lugar, Zambrano prefirió encauzar su compromiso cívico integrándose en 1932 en las Misiones Pedagógicas auspiciadas por el ministerio de Instrucción Pública y dirigidas por el Patronato que presidía el avezado institucionista Manuel Bartolomé Cossío. Entre 1931 y 1936, las Misiones supusieron el primer gran proyecto de un gobierno español de difundir la cultura (bibliotecas ambulantes y estables, música coral, representaciones teatrales, proyecciones cinematográficas, exposiciones de pintura…) llevándola in situ a muchísimos pueblos y aldeas de aquella atrasada España que aún adolecía de un terrible índice de analfabetismo cercano a la mitad de su población. María Zambrano fue una de los seiscientos voluntarios que se implicaron en la noble tarea, entre ellos Alejandro Casona, Maruja Mallo, María Moliner, Luis Cernuda, Ramón Gaya, Antonio Sánchez Barbudo y Carmen Conde, por citar a algunos de los misioneros más ilustres.

Estalló la guerra y María Zambrano no dudó en sumarse a la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura (AIDC), en cuyo manifiesto publicado en el diario El sol el 31 de julio de 1936 tuvo parte como redactora. Casi de seguido, el 27 de agosto, se editó el número inaugural de la combativa revista que servía de cauce a la AIDC, El mono azul

Por desgracia, el sangriento golpe de estado de Franco y sus secuaces acabaría echando bajo tierra el sueño republicano. Estalló la guerra y María Zambrano no dudó en sumarse a la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura (AIDC), en cuyo manifiesto publicado en el diario El sol el 31 de julio de 1936 tuvo parte como redactora. Casi de seguido, el 27 de agosto, se editó el número inaugural de la combativa revista que servía de cauce a la AIDC, El mono azul (en alusión al mono que vestían los milicianos republicanos en la guerra), dirigida por Rafael Alberti y María Teresa León, en la que Zambrano publicó el revelador artículo “La libertad del intelectual”, donde expresa su plena adhesión al “pueblo puesto en pie” contra la insurrección fascista y su “razón armada”, que ella simbolizaba en la diosa Palas Atenea.

Aquello fue en septiembre de 1936, cuando se casó con el historiador Alfonso Rodríguez Aldave, recién nombrado secretario de la embajada española en Chile, adonde viajaron en octubre y en cuya capital residieron hasta el 19 de junio de 1937. En sentido contrario al de muchos paisanos que emprendieron el camino del exilio, ellos quisieron volver a España muy preocupados por la deriva de la guerra a favor de los sediciosos, pese a que el embajador español, Rodrigo Soriano, intentó que se quedaran en el país chileno asegurándole a él el puesto diplomático y ofreciéndole a ella un trabajo en la legación. Así lo rememoraba, con su pena de fondo, la filósofa malagueña: “Meses después, cuando fue llamada a filas la quinta de mi compañero, decidimos regresar a España, en el momento en que era más evidente que nunca la derrota de la causa en la que creíamos” [Filosofía y poesía].

A su regreso, alentada por su inquebrantable compromiso con la República, Zambrano se fajó más que nunca en sus variados quehaceres cívicos y patrióticos: participó en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, que tuvo lugar en julio de 1937 en Valencia, ciudad donde asimismo fue partícipe de la reapertura y la gestión de la Casa de la Cultura; y aceptó los encargos de Consejera de Propaganda y Consejera Nacional de la Infancia Evacuada. Dado que la familia de Zambrano se había instalado en Barcelona, allí se fueron a vivir ella y su marido en 1938 coincidiendo con el trance más crítico de la guerra: “Escribo bajo las bombas”, le dice en una carta a Rosa Chacel.

Con la amargura de saber que la República estaba sentenciada de muerte, en el transcurso de 1937 fue publicando una serie de artículos en la revista republicana por excelencia durante la guerra, Hora de España, que en sus principios la propia Zambrano codirigió junto a Arturo Serrano Plaja. Dichos artículos conformaron su segundo libro, de elocuente título, Los intelectuales en el drama de España (1937), una obra clave de su pensamiento político. Cuarenta años después, en 1977, la autora malagueña decidió ampliar el libro y completarlo recopilando el resto de artículos, ensayos y notas que escribió a lo largo de aquellos tres trágicos años, por ello los temas de la obra son muy diversos, repartidos entre la política, la filosofía y la poesía.

Apuntamos aquí los más relevantes que Zambrano aborda en dicha obra fundamental de su primera época como escritora y pensadora: analiza las causas históricas de la irrupción del fascismo en España, asunto central de la edición príncipe del libro; plantea la función de los intelectuales republicanos en la guerra (“La vocación de ser hombre”), con Machado como referente (“La guerra de Machado”), a la vez que clama su desesperación por la derrota frente a los facciosos (“¡Madrid, Madrid!”); reflexiona ampliamente sobre el carácter de los españoles, tan anárquicos como conflictivos (“Misericordia”, homenaje a Galdós), y secularmente enfrascados en disputas fratricidas y abocados bien al fracaso, con la figura ejemplar de don Quijote al fondo (“El español y su tradición”), bien a la resignación al hilo del pensamiento senequista (“Un camino español: Séneca o la resignación”), y aquí aprovecha para lanzar esta afirmación categórica: “un español de hoy no puede elegir el camino de la resignación, porque al hacerlo deja vacía la escena donde se juega la tragedia del destino humano”…

En definitiva, para María Zambrano el deber de defender la causa republicana frente al fascismo no debía recaer solamente en las milicias combatientes que arriesgaban la vida en el frente, sino también en los intelectuales, a quienes se les debía exigir el mismo compromiso desde la retaguardia

En definitiva, para María Zambrano el deber de defender la causa republicana frente al fascismo no debía recaer solamente en las milicias combatientes que arriesgaban la vida en el frente, sino también en los intelectuales, a quienes se les debía exigir el mismo compromiso desde la retaguardia. Ese compromiso personal o “razón cívica” que la valerosa escritora malagueña aprendió de su padre y que mostró con creces desde su juventud, pero ante todo durante la guerra de España asumiendo tantas ocupaciones de que fue capaz pese a su salud quebradiza. Una certera frase suya lo resume: “Mi actividad en la guerra, siendo moderada, fue intensa, implacable como había sido mi vocación filosófica, que sin duda estaba detrás de ella sosteniéndome” [Hacia un saber sobre el alma].

Esa creciente “vocación filosófica” de María Zambrano alumbró su devenir vital e intelectual y dio fruto en una de las obras más lúcidas del pensamiento español, cuya piedra angular podría sintetizarse en la que ella denominó “razón poética”, objeto de la segunda entrega de este artículo, que aparecerá en el próximo número de esta prometedora revista que nos acoge.

Mientras tanto, estimados lectores, salud y república.

                                                                                                                                               [30 de noviembre de 2019]
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Autor: Más artículos de Julio Asencio Márquezde2b77ec8ae7acc8f00595f4341254ba

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