Ruido

MEMORIA HISTÓRICA. Celia Sánchez Rodríguez nos trae un ensayo poético sobre memoria histórica, para hablar del dolor, del olvido y de la verdadera reconcialiación.

dni-sonia0023.jpg
Ilustración por Celia Asencio Bonilla

Las calles se llenaron de ruido. Un ruido envuelto en cánticos patrióticos que hablaban de libertad, mientras sus cuerpos simulaban abrazarse en una única bandera, que en la lejanía de la noche, ondeaba sin ton ni son a expensas de un aire aún más frio que estaba por venir. Bandera con la que pretenden mostrar una ridícula unidad entre aquellas personas a las que todavía no se les ha concedido el derecho de enterrar a sus muertos con entre aquellas otras que a día de hoy siguen hablando de guerras entre iguales, del olvido y del perdón sin respuesta ni reconocimiento.

Nos mostraron la parte que les interesaba, manchando movimientos pacíficos con tintes violentos que les sirvieron para justificar la represión como algo de lo que no esconderse. Y los mismos de siempre siguieron dominando: los de arriba, a los que el color de la memoria sigue destiñendo sus pupilas, aquellos que llaman nostálgicos a los que quieren justicia, como si la nostalgia no fuese más que el intento de represión y de poner el tablero de juego, de nuevo, entero para ellos.

Se abrieron las cavernas para dar paso al odio con nombre y apellidos. Odio que nunca se había marchado, simplemente se encontraba oculto entre corbatas y pulseras patrióticas. Se abrieron las cavernas en las que ya estaba permitido todo: desde manchar a miles de mujeres, que por fin habían conseguido que una ley ineficaz les amparase, hasta conseguir que odiásemos al compañero o la compañera que se juega la vida en el mar en busca de un futuro. Futuro que destruyeron las políticas neocoloniales que hoy se acomodan en los pasillos de los palacios dictatoriales de medio mundo.

Permitimos que el fascismo se colase en nuestras casas entre programas de entretenimientos y noticias. Les dejamos que pudiesen decir todo lo que creían a pesar de que sabíamos que la mentira era la columna vertebral de su discurso, pero aun así lo permitimos. Y dejamos de oírnos, teníamos tanto ruido acumulado que ya solo escuchábamos voces de un lado y de otro murmurando palabras que creíamos haber olvidado. Consiguieron contaminarnos tanto que ya nada nos impactaba, noticia tras noticia fuimos asimilando, nos hicieron sentir que el dolor de los otros era algo normal y que cada día, mientras disfrutábamos de nuestro almuerzo, estas serían nuestra más fiel compañía.

Papeles en los que se podía leer quién sí y quién no era ciudadano de primera, quién sí y quién no tenía derecho a ser ellos, porque ser ellas importaba menos, dejándolas en el olvido. Mujeres que en silencio impulsaron la vida, lo hicieron incluso a sabiendas de que íban a estar siempre en un segundo plano

Nos convertimos en una sociedad con tanto ruido que la libertad apenas podía alzar su voz. Ella era señalada como el extremo, como lo contrario que tantos poetas habían gritado entre prosa y verso. Confundimos libertad con mentir, ser libres con decir todo aquello que queríamos, incluso si esto conllevaba la vuelta al régimen. La igualdad se había convertido en una cuestión de papeles. Papeles en los que se podía leer quién sí y quién no era ciudadano de primera, quién sí y quién no tenía derecho a ser ellos, porque ser ellas importaba menos, dejándolas en el olvido. Mujeres que en silencio impulsaron la vida, lo hicieron incluso a sabiendas de que íban a estar siempre en un segundo plano, al cual este sistema, asesino y patriarcal, las había conducido.

Quién sí y quién no tendría la libertad de poder darles a sus hijas e hijos un lugar para poder ser y estar.

Las calles se llenaron de ruido. Un ruido que parecía cambiar la atmósfera en la que nos habíamos acomodado año tras año, un ruido de cánticos de miles de mujeres que decidieron decir basta a vivir con miedo, basta a que decidieran por ellas. Un ruido lleno de plegarias de miles de pensionistas que lo único que ansiaban era justicia, después de tantos años. Un ruido lleno de gritos de un pueblo que despertó por todas aquellas personas que no pudieron hacerlo, por aquellas que mueren y se quedan yaciendo en la arena siendo simples números de cara a las estadísticas.

Las calles se llenaron de ruido y curiosamente nos dejaron oír la lluvia, que se abría paso entre la multitud para limpiarlo todo de cenizas caducas. Nos dejaron oír la voz del pueblo decidir un futuro mejor para los que sí amábamos la vida, para aquellos que nos quedamos envueltos en el ruido que hacían los adoquines que impactaban sobre los escudos y los cascos que unos necios arrojaban sobre otros.

Las calles se llenaron de ruido, las calles cambiaron de ruido.

Autora: Celia Sánchez Rodríguez, trabajadora social y luchadora insaciable. Ha trabajado en sitios como Bulgaria, Perú, Escocia y Cuba. Le encanta explorar al son del viento y debatir para arreglar el mundo.  Natural de Málaga y salá como27331988_10156071178247720_249010820077061426_n las palomitas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s