Gentrificación y turismo: Sevilla y la necesidad de una red de apoyo

VOCES. Según los estudios, más desigualdad y violencia para las mujeres. Sevilla al pie de la calle. Reportaje escrito por Celia Asencio Bonilla.

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Fotografía de Celia Asencio Bonilla.

La luz es tan intensa que deslumbra cada rincón de la ciudad. La Giralda al fondo hace de la estampa un espectáculo poco común y los pájaros revoloteando alrededor rematan la faena y construyen la fotografía perfecta para un viaje idílico de ensueño. Todo permanece tranquilo pero agitado, locales y guiris, todos entremezclándose en una de las ciudades más antiguas de Europa, cuyos edificios históricos, pese al tiempo, desprenden a cada segundo esa magia de haber vivido más que todos nosotros.

Si te sientas en el banco de Plaza Nueva, las palomas intentarán robarte sin que te des cuenta y quedarás atrapada un instante en la envoltura que desprende Sevilla por la mañana. ¡Buenos días!, dice el  quiosquero; probablemente de las pocas personas locales que andurrea a esa hora por aquellos lares. También, probablemente, de los pocos sitios de la zona donde se podrá disfrutar de unas palomitas o de unas gominolas a un precio acorde con tu realidad, sin sentir que de repente has entrado en otro mundo dentro de tu propia ciudad.

Sevilla huele desde lo lejos a turistificación y a Cruzcampo, a burbuja y paraíso culinario, esa mezcla que duele pero que gusta, que no gusta tanto como da de comer a una región que quedó atrapada por tener aires del sur; porque ser del sur ya se sabe, precariedad y polvo a rancio, olvido y latifundio. Los últimos estudios no lo desmienten: como decía Teresa Rodríguez en una de sus intervenciones por las redes sociales, “España sí que está dividida”, una evidencia clara ante el panorama de un mapa peninsular y extrapeninsular donde desde la mitad para abajo el paro y el riesgo de exclusión social son desorbitados. Según David Navas, de Stop Desahucio Sevilla, “la cosa ha ido a peor estos años. Ahora los viernes, que son los días que acogemos a las familias, en vez de venir cuatro como antes, vienen veinte… Yo no veo que la política tenga intención de nada ante este panorama”

Sí, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el porcentaje de población en riesgo de pobreza o exclusión social se situó en Andalucía en el 38,2%, más de doce puntos por encima de la media nacional. Unas cifras que dejan entrever que pese al tiempo, los cambios políticos y sociales y todo lo demás, esta región sigue siendo junto a Extremadura y Canarias, de las más olvidadas, de aquellas donde da igual el qué porque seguimos siendo, eso, andaluces y, a última instancia, andaluzas. “La gente lo que quiere es vivir dignamente. La cuestión es que no hay trabajo y si no hay trabajo no hay recursos para pagar ni ningún alquiler ni ninguna hipoteca”, comenta Navas.

Andalucía es, por tanto, de las comunidades donde hay más desigualdad a todos los niveles. No ayuda que en España, dada la deriva política de los últimos años, pese haber caído por tercer año consecutivo la tasa de riesgo de pobreza (aunque sigue afectando en términos absolutos a más de doce millones de personas, que no es poco), la tasa de pobreza severa, según el informe de EAPN, se sitúa en el 6,9% de la población, un dato superior al registrado en 2014 y el segundo más alto desde que existen datos; por otro lado y no por ello menos relacionado con este sistema desigual, la pobreza para las mujeres es más y más profunda, hay 6,4 millones de mujeres en riesgo de pobreza frente a 5,9 millones de hombres.

¿Se puede abordar, por tanto, la gentrificación y la turistización sin una perspectiva de género? Según Antonia Avalos, una de las fundadoras de la asociación Mujeres Supervivientes, “absolutamente no, claro, las ciudades es donde convivimos, donde nos desarrollamos, son nuestra casa, si de repente no tienes hogar, ni barrio, ni tu red de apoyo, ¿qué te queda?

Es decir, resumiendo el panorama, más pobreza severa y más pobreza para las mujeres, entre las cuales las de mayor edad son las que peor parte del pastel se han llevado en esta macroeconomización del asunto, cuyas pensiones siguen siendo muy bajas para el nivel de vida actual.

Con estos datos, Sevilla, además, se convierte en una de las ciudades más turísticas de España, el capitalismo salvaje ha llegado a la capital andaluza y lo hace como siempre de la peor forma: expropiando a sus vecinos y vecinas sus barrios, sus casas y sus calles, y quienes más lo sufren, las mujeres y las y los menores. ¿Se puede abordar, por tanto, la gentrificación y la turistización sin una perspectiva de género? Según Antonia Avalos, una de las fundadoras de la asociación Mujeres Supervivientes, “absolutamente no, claro, las ciudades es donde convivimos, donde nos desarrollamos, son nuestra casa, si de repente no tienes hogar, ni barrio, ni tu red de apoyo, ¿qué te queda? Las mujeres están sufriendo mucho en este aspecto, muchas mujeres se han tenido que ir a compartir piso con sus hijos porque no han podido asumir los alquileres de sus casas, han venido muchas por esta cuestión a la asociación. Seguimos siendo las que más violencia sufrimos cada día, violencia física, económica, psicológica… ¿Cómo separar estas cuestiones si somos las que hacemos los trabajos peor pagados de la sociedad?

Krata Sociedad de Tasación en colaboración con Precioviviendas.com lanzó el I Observatorio del Impacto de la Vivienda Turística, un documento poco esperanzador para una ciudad que empieza a resistirse a ese cambio inminente con que presionan el capitalismo salvaje, la burbuja global del turismo y  los poderes en la sombra: y es que el documento revela que el casco antiguo de Sevilla ha superado en concentración de vivienda turística (12,6% del total de viviendas del centro) al de Barcelona (12,3%). Y es que el río de mi Sevilla, como cantaban Lole y Manuel, ya es el río más visitado de España, la ciudad preferida para los extranjeros. “Yo lo que veo es que la gente no tiene cubiertas sus necesidades, por lo que, claro, si viene un extranjero y paga el doble, ¿qué le van a decir que no? Pero, realmente, si las personas no se vieran en esta situación, creo que preferirían locales, porque son para larga duración y van a tener un cuidado con el inmueble que no lo van a tener los extranjeros que vienen estacionalmente. Otro gran problema es que aquí a todos se nos llena la boca de patriotismo y, sin embargo, España está en manos extranjeras… España está perdiendo territorio. Se les está dando ventajas financieras y fiscales”, denuncia Navas.

Detrás de las viviendas turísticas, son los negocios locales los que sufren o bien la despersonalización del barrio teniéndose que mudar a otro distrito o bien una transformación y adaptación total hasta convertirse en locales para guiris, con precios abusivos y un servicio que no satisface ni conviene a los locales. Las víctimas peor paradas de este sistema, nuestras mayores y las chicas jóvenes: “Hay muchas mujeres jóvenes que acuden a nosotras a día de hoy por la precariedad que se vive. Son las que menos recursos tienen, claro, las que se van a limpiar por un sueldo mísero (entre otras profesiones mal pagadas que sólo las hacemos las mujeres) y las que más violencia sobre sus vidas y sus cuerpos reciben de este sistema feroz”, comenta Antonia.

Según el informe Coste de oportunidad de la brecha de género en conciliación, realizado por ClosinGap, el coste bruto de externalizar este trabajo extra de las mujeres superaría los cien mil millones de euros, casi un 9% del PIB español del 2017. Tanto es así que las mujeres dedican al hogar y a la familia dos horas más de media que los hombres.

Y es que las mujeres siguen siendo las principales tejedoras de las redes de apoyo y de cuidados en casa, las principales gestoras de la economía familiar y las principales, también, en padecer la despersonalización de los barrios, cuya consecuencia más grave es la pérdida de la red vecinal de toda la vida. ¿Y por qué siguen siendo ellas? Lo dicen los datos y las propias medidas políticas de este país: el permiso de maternidad en España dura dieciséis semanas mientras que el de paternidad cinco y aunque, según la ley, los progenitores puedan repartirse las dieciséis semanas, los hombres no hacen mucho uso de ello. Esto último junto al poco margen que dan las empresas para conciliar trabajo y vida familiar, la brecha salarial y la herencia aún patente de las abuelas y de las madres de un pasado que aún llama a las puertas del siglo XXI, dejan poco margen de maniobra. Según el informe Coste de oportunidad de la brecha de género en conciliación, realizado por ClosinGap, el coste bruto de externalizar este trabajo extra de las mujeres superaría los cien mil millones de euros, casi un 9% del PIB español del 2017. Tanto es así que las mujeres dedican al hogar y a la familia dos horas más de media que los hombres.

La turistificación, por tanto, y la carga y la desigualdad que ello genera ya es una realidad, un proceso que se ha ido gestando con la benevolencia de los políticos locales y nacionales, y que los últimos años ha dado su peor cara. Según la empresa Airdna, especializada en el análisis de datos de plataformas de alquiler turísticos como HomeAway y Airbnb, las viviendas turísticas en Sevilla ya mueven cien millones de euros. Unos ingresos muy superiores a otros sectores. La intención de un cambio real por parte de las instituciones parece que no llega, de ahí que haya asociaciones que han nacido en los últimos años para combatir a la turistización, como Cactus Sevilla, quienes denuncian en su página web la irresponsabilidad del ayuntamiento de Sevilla: “uno de los factores que llevaron a movilizarnos fue la sustracción de un millón de euros de partidas municipales para fines sociales para que la cumbre de la patronal turística, a la que cuesta cuatro mil euros asistir, tuviera lugar”, dicen en uno de sus comunicados de prensa de este mismo año.

Urge, así, más que nunca la necesidad de la unión, de la fuerza y de la esperanza para reconvertir las ciudades en modelos diferentes y más igualitarios, espacios seguros y de armonía, de colaboración y de lucha.

Autora: Celia Asencio Bonilla, podrás ver mi perfil en ¿por qué La Desmadrá?

 

 

 

 

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